domingo 8 de febrero de 2009

Mecánica de fluidos



Por la mañana, su cuerpo tenía piezas que no eran suyas.
Para colmo, estaban mal enroscadas.

Pero estaba acostumbrada.
Todas las mañanas, una cabeza nueva.
Todos los días, nuevos globos oculares de todos los colores posibles.

La de hoy era la cabeza de una mujer joven, de una belleza mesurada, de la que no hace que la gente se gire pero que no tiene queja. Le peinó la larga melena naranja en dos moños ridículos, le pintó los párpados de azul, se rió al manchar los dientes imperfectos de carmín.

Se puso una pierna con pelos y otra depilada, un zapato de tacón y una alpargata y se fue a caminar moviendo el culo por la calle húmeda, bajo un cielo gris y pesado. En la esquina de siempre, donde se acumula la basura con los pobres y los charcos con escombros, su amiga Marilín, redonda como una lata de cocacola, con una peluca de permanente rubia y dos chapas de pepsi por ojos, le dijo que sus pies crecían del suelo.
Los de Marilín.

Sí, dijo:
“Yo seré gorda, seré puta, seré muchas cosas, pero nunca he crecido por el medio, yo salí del suelo, del suelo crecen mis pies, de los pies, los engranajes y, de ellos, mi cuerpo. Yo seré un cubo de basura travesti, querida, pero nací de la calle, como los edificios y las farolas”

Ella pensó un rato, reflexionando sobre la afirmación que tan feliz hacía a Marilín.
Marilín, quien, como ella, era un androide metálico que creía ser parte de la tierra.
Marilín, quien, como ella, estaba hecha de piezas de otros, con basura de otros.

“Tienes mucha razón, Marilín", le dijo, "eres genuina y original. No sólo ves de dónde nacen las farolas, ¡ves de dónde nace la luz que brota en las farolas! ¡Eres como una estrella!”

“Estrellas, estrellas…” respondió Marilín con bastante disgusto, "las estrellas sólo son luz vieja".

“Puede ser”, respondió ella sonriendo, “pero lo viejo, cuando llega a antiguo, vuelve a ser un preciado tesoro”.



Denn ich liebe dieses Leben
ich liebe den Moment in dem man fällt
ich liebe dieses Leben
und ich liebe diesen Tag
und ich liebe diese Welt

Juli -- Dieses Leben


jueves 16 de octubre de 2008

Lección Urbana nº 1


El día que él le contó al oído que los edificios eran dientes
yo había empezado a cavar en la encía.

Ya había contado los molares, las caries, los restos de comida entre las tuberías.
Ya había observado, entrecerrando los ojos innecesariamente para denotar esfuerzo,
que contarlos era más fácil que si fuesen estrelas.

Pero que nadie vaya a pensar que no los había que brillaban más.
Los había.
Los más oscuros,
los edificios casi derrumbados,
esos que nunca se enjuagan con eucalipto.
Los que se dan por perdidos
brillaban con más historias que cualquier otro.

Se inundaban de gatos escribas y crecían de noche en las sombras,
mientras él, el descubridor del urbanismo dental,
grababa en la piedra la historia de los gatos
que arañaban en los tejados la historia de los edificios
que de noche sólo eran dientes retorcidos
y de día no eran más que macetas.

El día que yo empecé a cavar en la encía,
él le contó que los edificios eran dientes
y ella no le creyó.

Yo ya había contado las muelas, ya había recogido saliva en mi pala
y había dado patadas a las ampollas del interior de los labios.

No me importó darle una a ella.
Si no le creía, se la merecía.

Verdades







La aguja acarició el vinilo

y Beth Gibbons me llenó el salón de melancolía.

Esperé a que lloviese,
esperé que naciese una chimenea junto a la tele,
esperé que la ropa del tendal no se secase.

Puedo mentir y decir que hubo tormenta,
que se hizo de noche
y que de pronto fue diciembre
y pude estrenar el abrigo negro.

Pero no me gusta mentir.

Llegó el final del disco,
callada, sin respirar,
presté atención al delicado ruido de la aguja
que volvía a la posición de reposo.

Entonces,
justo cuando se detuvo el disco,
te materializaste en mi sofá
y tuve que confesar que había cogido prestado a Pegaso.

Mi coche arranca mal,
espero que no te importe.

Te conté que cabalgué antes del amanecer,
cuando aún no habían puesto las calles,
ni los bancos.
Que volamos entre la niebla y que
sobre Rande,
grité todo lo que normalmente dijo bajito.

Tú te reíste
y le diste la vuelta al disco.

Esta vez,
tampoco llovió,
ni hubo tormenta,
ni se hizo de noche.

No voy a mentir,
que no me gusta.

Así que sólo diré la verdad:
que se cayó abajo el edificio
y Vigo desapareció unas horas;
que nos tuvo que rescatar Pegaso,
para llevarnos volando donde,
sin decirlo, queríamos ir,
y que bailamos sobre un vinilo gigante
en una playa donde sí que llovía,
hasta que, por fin, se hizo de noche.

They made a statue of us
The tourists come and stare and us
The sculptor's model sends regards
They made a statue of us
Regina Spektor - Us




sábado 17 de mayo de 2008

El extraño caso de la bailarina muerta (II)


La noche previa a la segunda jornada de investigación, tuve sueños extrañamente reales que cayeron de la cama, haciendo arroyos de dudas en el suelo. Vi a las bailarinas bajo los focos, vi la silueta de tiza bailando una y otra vez, me vi a mí, de repente de algún modo responsable de ellas, con una red junto al escenario. Y, incluso despierta, no quiero que caiga ninguna más.

La primera bailarina que habló conmigo se rió, se apartó unos pelos de la frente y dijo que no sabía nada. Viéndola hablar y reír, me quedó claro qeu era cierto.

La segunda bailarina que habló conmigo se llamaba Amanda. Por su mirada supe que nunca le sobraría la n en el nombre. Me llevó a su apartamento, al lado del cabaret, y me hizo un té.
Me contó tantas cosas que gasté el lápiz. Ella tenía más, y me dio un montón de ellos por si acaso.

Si quieres dibujar lo que sé, te van a hacer falta. Dibujarme a mí lleva mucha mina, ¡y no soy nadie! Nunca entendí cómo puedo estar tan vacía y tener tantas cosas dentro. Pero la nada ocupa, vaya si ocupa... Esta tristeza mía me deshizo por dentro... Pero supongo que las migas están en algún sitio.

Nunca había visto una mirada tan sincera. Su tristeza era tan hermosa, gris e inquietante que, aunque me sentí culpable, no quise animarla, consumida por una especie de síndrome de Stendhal ante tan asombrosa obra de arte humana.

Sentó su perfecto culo al borde de la cama, junto al agujero que, según me dijo, no llevaba a ningún sitio y nadie llenaría jamás.

Me habló de las bailarinas muertas. Dos, aseguró.
La primera había aparecido en el salón del piso en el que vivía, sentada en el sofá, con la mirada perdida y un destornillador en el pecho.
(Nadie había investigado... sólo era una bailarina...)
La segunda, como yo ya sabía, apareció en la calle. Tumbada, en un charco de sangre, un fino corte en el cuello.

No había nada que resaltase en ellas, me dijo, nada que no puedas ver en mí, nada que no se baile, nada que no se pueda desnudar.

Me miró con una mirada penetrante que me dolió en las córneas, y añadió:

Ellas están muertas. Ellas ya no dirán nada. Tendrás que buscar qué resalta en los otros. En los que no s ven bailar, en los que nos desnudan.

Se calló y yo quedé rumiando sus palabras un buen rato.

¿Y quién son?

Como respuesta a mi pregunta, ella se levantó y buscó en un cajón. De él, sacó dos hojas de papel.

Una estaba llena de puntos y otros signos de puntuación.
La otra sólo tenía cuatro interrogaciones, centradas.

Esta, tan llena, es la gente del mundo.
Esta otra no es el mundo. Porque nosotras estamos fuera de él... y ellos, la gente que buscas, también. Están perdidos, huyeron, se murieron por dentro. Y si no los encuentras, si no descubres quién de ellos fue, nosotras estamos muertas por fuera.

Me marché de su piso caminando lentamente, con la mano blanca de la fuerza que hacía al apretar el cacho de papel. Un cacho de papel con cuatro nombres.


El extraño caso de la bailarina muerta (I)


Al ir a ver aquella silueta perdida en el asfalto me asombró el contraste de la tiza con las manchas de sangre. La observé durante tanto tiempo que me pareció ver el cuerpo al que una vez había contorneado.
Sabía de quién, por supuesto. Así, imaginaginarla era más fácil. Casi desnuda, con los miembros dispersos como si, tras el impacto, ya no fuesen suyos.
Sus labios aún con carmín brillante.
Sus cabellos aún en perfectas ondulaciones.
El abanico de plumas del cabaret aún en la mano.

Ese día, al llegar a casa, decidí que al darme cuerda me convertiría en detective.
Detective oficial del extraño caso de la bailarina muerta.
Inserté la grande llave de metal en el ombligo y la giré. De esta vez, más de lo necesario.

Curiosamente, la conversión en detective no incluía un sombrero de cuadros, ni pipa y lupa, para mi descontento. Parece ser que era suficiente con una libretita y un lápiz, un lápiz de los de equivocarse, con goma. Aún así, creí conveniente utilizar una gabardina. ¿Dónde se ha visto un detective sin gabardina?

Con paso firme y lento, recorrí la calle del asesinato una y otra vez. Mordí la goma del lápiz, para pensar mejor. Miré el contorno dibujado en el suelo otra vez. Por sí solo no ayudaría a llenar la libreta.

Pssst.
Pssst.

Desde una ventana baja entreabierta, al lado del lugar del asesinato, alguien intentaba llamar mi atención. Me acerqué, y un pequeño robot de hojalata asomó su cabeza azul brillante por la rendija.

No fue la primera, dijo el pequeño robot, hubo otra... otra bailarina muerta.

Tomé nota en el cuaderno y le pregunté quién había sido, qué había pasado...

¡No lo sé!, dijo casi enfadado, ¡Yo soy un robot de lata! ¡Qué voy a saber! Pero lo oí decir... hubo otra y nadie sabe qué pasó.

El robot se metió para dentro otra vez.

Mi caso se estaba volviendo más extraño y complejo.

Quizá, en el cabaret, encontraría respuestas.


domingo 13 de abril de 2008

O.K.



boomp3.com*Both hands / letra

Había momentos en los que todo se pixelaba.
Mi mundo era reconocible,
pero poco nítido.
Había momentos en los que no era mío.
Nada era mío.

Divisaba entre 8 bits recuerdos de juegos de Atari,
y ansiaba colores nuevos,
tres dimensiones,
el tacto más electrizante del mundo.

Y sí, son mis dedos,
son mis manos.
Son mis sentidos,
ultrapotenciados.
Sí, soy yo la protagonista del abrazo,
soy quien no puede pedir más.

Y sí, son tus dedos,
son tus manos,
y agradezco dónde están.
Son las que suben el volumen
(ganancias que no entiendo,
el potenciómetro de mi piel)
y hacen de una cama vacía una fiesta.

Había momentos en los que todo se pixelaba,
pero fueron mis manos,
fue mi cabeza,
quiero pensar,
la que subió la resolución.

Y ahora,
soy yo la protagonista de la vida,
soy quien no puede pedir más.

Había momentos en los que nada era mío,
excepto yo.


Original: O.K.

sábado 5 de abril de 2008

Un bosque de tejados



boomp3.com

La ciudad se transformó bajo mi mirada,
bajo la lluvia y bajo el musgo de los tejados.
Las chimeneas empezaron a gritar secretos,
aprovechando el repiqueteo de la lluvia en la teja,
y les contaron a los gatos la historia de cuando abrí el pecho.

Les hablaron de la cremallera oxidada que me surca la piel,
les dijeron que tiene un candado,
un cierre con una combinación que nadie sabe
y que nadie puede recordar si yo no quiero.

Contaron de aquel día,
el mismo día que bajo otros tejados
sucedían historias más interesantes
y sobre otras calles paseaba gente más importante,
el día que te enseñé mi cremallera oxidada
y la abrí sólo para ti.

Bajo las costillas,
nadaste, iluminando el camino con una linterna,
descubriendo lo que quizás no te había contado,
me hiciste cosquillas en el diafragma y me entró el hipo.
Nos reímos revolcándonos como si hubiese hierba,
y aprendimos bien las lecciones más importantes:
la risa absurda de palabras, abrazos de cómo dormir,
mapas de besos a ningún sitio,
navegación de sábanas y conquista de almohadas.

Después tú dormiste,
yo recogí lo que me había escapado del pecho,
demasiados colores para cualquiera, canciones demasiado lentas para los puristas,
demasiadas palabras incluso para mí.

Con el sonido de las olas, intenté recordar las horas de todos los días
y sólo pude recordar unas pocas,
pero se me ocurrió pensar que son las mejores
y que no las cambiaría
ni por días enteros
ni por cremalleras sin óxido.


Original: Un bosque de tellados